EL CONOCIMIENTO ESPIRITUAL PRIMORDIAL

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Existe un conocimiento espiritual universal, que se manifiesta, de una manera u otra, explícita o implícitamente, en todas las culturas y épocas.

La universalidad de dicho conocimiento proviene de arquetipos y estructuras existenciales de la humanidad, que se patentiza en una experiencia que todo ser humano tiene la potencialidad de experimentar, pero que no en todos se hace presente.

La verdad sobre dicha experiencia, solo puede ser juzgada desde el interior de la misma y no desde fuera. Tanto Jung como Williams James, llaman la atención sobre el hecho de que es imposible juzgar como verdadera o falsa la experiencia religiosa desde fuera de ella, toda vez que una  característica definitoria de tal  experiencia es la certeza de lo se experimenta, de la realidad y verdad de lo que se vive. Hay una intencionalidad, para hablar en términos fenomenológicos, en la experiencia religiosa, percibida solo por aquel que lo experimenta, y que por su propia naturaleza, escapa de la “vista” de un observador externo. Para expresarnos simplemente, en este caso concreto, no se puede hablar de lo que no se conoce, y si se lo conoce, no se puede sino asentir sobre la verdad de dicha experiencia, ya que de no hacerlo, demostraría que no se  ha tenido dicha  experiencia realmente. Esta es una de las paradojas  en el estudio de las experiencias religiosas.

En línea con lo anteriormente expuesto, la experiencia religiosa, es una experiencia individualísima, profunda y personal, encapsulada en sí misma, que desde el interior de la persona religiosa, se expande en todo el horizonte de su experiencia vital y que no tiene límite alguno, ya que todo lo abarca.

Dicha experiencia tiene como correlato un conocimiento especialísimo, que solo el místico que lo alcanza posee. El que obtiene dicho conocimiento, choca, necesariamente, con el modo de vivir y de pensar de resto de la humanidad, que ignora dicha verdad, llevando  al místico a elegir  entre dos opciones vitales: o se retira del mundo para vivir en su verdad y la paz subsiguiente que esta elección trae consigo, o se vuelca al mundo a predicar el conocimiento que ha obtenido, exponiéndose a la ignorancia, la ignominia y en muchos casos a la muerte.

Para entender dichas actitudes vitales, debemos entender dicha experiencia.

La experiencia mística primordial tiene como fundamento la fusión y correspondiente desaparición del yo en un todo más grande, que para los teístas es Dios, y los panteístas de todos los niveles,  el todo universal, el alma del mundo, Brahmán  etc.

Las imágenes que usan los diferentes místicos, como San Juan de la Cruz y maestro Eckhart es similar a la del alma humana como un  cántaro repleto de las inmundicias del mundo, que hay que vaciar para que solo habite la luz divina o las aguas puras y luminosas que se identifican con Dios.

Esta imagen habla de la necesidad de eliminar todo atisbo de ego ,individualidad y  sentimiento de posesión que liga al alma humana con este mundo, con el fin que una vez negada la propia individualidad esta desaparezca, para solo ser uno en  Dios, o en algunas tradiciones, Dios mismo. En este estado, toda diferenciación de los entes, desaparece. Toda diferencia entre el tú y el yo, entre el sujeto y el objeto, pierde consistencia. Solo hay unidad. Y los valores que pregonan y buscan la unidad son los valores ascéticos por antonomasia: la compasión, el amor, el respeto por todos los seres y la naturaleza. En cambio, todos los valores que solo dividen a los hombres entre sí y a estos con la naturaleza y el todo, como el odio, la envidia, la codicia, etc. y que llevan al ego a autoafirmarse son los valores predominantes en el mundo de la ignorancia, que el místico necesariamente debe combatir.

A este respecto, Anakanda K Coomaraswamy, el estudioso hindú nacionalizado inglés, en su libro “El vendanta y la tradición occidental“, habla del anonadamiento que el yogui debe experimentar para identificarse con Dios. Para la tradición hindú, a diferencia de la tradición occidental, el alma no se identifica con la mente o la conciencia individual. La mente o conciencia es parte el mundo psicofísico y por tanto un  aspecto de maya, diosa de la ignorancia. Si el alma no es la mente ni la conciencia, ni el individuo que los siente como propio, a los ojos del mundo solo quedaría un gran vacío. En cambio para los hindúes, en la nada que queda tras la materia, la mente y la conciencia está precisamente la luz de Dios: nuestra verdadera naturaleza.

Los hindúes llaman atman a nuestro espíritu, que se identifica de manera esencial con Brahman, que se manifiesta en todos los aspectos de la realidad: todo lo que es, es Brahman, Dios.

Los ejercicios de meditación  tienen como fin acallar la mente, dormitarla y hasta desaparecerla, para que tras ella, uno encuentre su verdadera naturaleza, su atman, la chispa divina, y no individual, que se identifica con Dios.

En consonancia con esta experiencia de anonadamiento en la India, en occidente,  en los luministas modernos como San Juan de la Cruz, se habla de las noches oscuras del alma, en la que tras la noche de las sensaciones, emociones y pensamientos, se halla escondida  la luz de Dios.

Este anonadamiento que presupone el retiro del místico del mundo profano, conlleva a una vida ética en la que toda manifestación del yo o del ego debe reprimirse, ya que se identifica a esta como fuente de todo mal. El ego oculta a Dios, y muchas veces lo deforma. El ego se define como el sentimiento de re-afirmación del propio yo, de la propia presencia y de la propia voluntad.

Autores y maestros como Krishnamurti, Gandhi, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, etc., afirman que toda manifestación del ego es violenta en sí misma ya que para existir y expandirse por su propia naturaleza necesita imponerse sobre todo lo que no sea él mismo. La voluntad del ego debe apagarse y dar paso a la voluntad de Dios. Es esta la única forma de vencer al ego, y en términos cristianos, al pecado según estos pensadores

En el campo de la filosofía, se ha discutido ampliamente sobre este tema. Schopenhauer llamaba “Voluntad de Vivir” a esta característica trágica de la vida, en la que  vivir significaba imponerse y arrasar violentamente a otra u otras vidas. La necesidad de alimentarse, por ejemplo, es una clara muestra de ello. La vida se alimenta de la vida, el alma del mundo se alimenta de sus propias carnes de forma insaciable.  En el campo humano, la lucha por los recursos, el posicionamiento social, el prestigio o el poder es el ego mismo queriendo sobrevivir e imponerse.

A diferencia de Schopenhauer, Nietzsche llamaba a la esencia de la vida “Voluntad de poder”. Sin embargo, a diferencia de Schopenhauer, la vida para Nietzsche no quiere solo sobrevivir, quiere crecer en poder y fuerza, y para ello necesariamente debe elevarse aplastando todo tipo de vida inferior. Si Schopenhauer se lamentaba de este hecho y ve en las artes y la ascesis el camino a la liberación de ese ciclo de vida sufriente, Nietzsche, no solo ve esto como natural, sino como la esencia misma de la vida y por lo tanto un hecho que había que celebrar.

Nietzsche, en ese sentido, es uno de los filósofos morales que han buscado la re-afirmación del individuo y su yo como fin de la vida. El ego para Nietzsche lo es todo, y un ego que no se reafirma a sí mismo es un ego enfermo.

Ciertamente, la actitud de los místicos es muy diferente a la de Nietzsche como se deja ver por lo que venimos diciendo. Sin embargo ambas actitudes ante el ego son muy interesantes de analizar y desentrañar, y existe un lado oscuro dentro del ocultismo y la espiritualidad que ve la diferenciación como fin en sí mismo, y el alejamiento de la unidad en dios y la re afirmación del propio yo, con toda la violencia que presupone, como deseable. Thomas Karlsson  en su libro “Qabalah, Qlifoth y magia Goetica” analiza este lado oscuro del alma humana a la luz de la cábala, interesante libro para ver este lado, que sin embargo para un alma sensible puede causar turbación. Analizaremos ello en otra oportunidad.

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