ELOGIO A LA CULPA:LA CULPA DE JESÚS

Uno de los temas centrales del cristianismo, y de la cultura judía en la que se inspira, es el papel central que juega el arquetipo de “culpa” en su antropología religiosa.

En las culturas occidentales, donde  el cristianismo-paulino se asentó y desarrolló bajo el poder de la iglesia, este  arquetipo ha tomado una preeminencia significativa sobre otros arquetipos, dimensiones y aspectos religiosos.

Si bien el arquetipo de “culpa” está presente en todas las culturas, no todas la conciben igual, ni le dan la misma importancia y connotación.

En esta oportunidad, haremos una pequeña disertación sobre el arquetipo antes mencionado, concentrándonos  en su desarrollo judío y cristiano-paulino y finalmente haremos una interpretación del desarrollo del arquetipo “culpa” en Jesús de Nazaret.

Para comenzar nuestra disertación, señalaremos, en primer lugar  que para la cultura judía, todos los aspectos terribles de la vida: la muerte, el sufrimiento, el  tiempo, la enfermedad, la vejez, la pobreza, la miseria, el hambre, la maldad,…todas estas cosas que hace del mundo un valle de lágrimas, tienen una única causa y un único culpable: el hombre.

La creación era perfecta y armoniosa: el tiempo, y el mal con la que se identifica, no existía, y la cara benévola de Dios iluminaba los rostros y corazones de todas las criaturas. Este estado llegó a su fin cuando el primer hombre desobedeció a Dios y  por la ira de este  perdió el estado de gracia en la que se encontraba, alejándose con ello de él la divina presencia.

Es importante resaltar que es la no presencia de Dios la muerte, el tiempo, el sufrimiento, y la maldad. El ser mismo, sin Dios pierde consistencia y armonía, por lo que, en cierta forma, puede decirse que no fue el hombre quien fue expulsado del paraíso, sino que fue Dios el expulsado de toda presencia humana.  El pecado y la impureza subsiguiente, hizo imposible que Dios y su gracia pudiera ser parte en todo lo que al hombre concerniera. En ese sentido para la cultura Judía, el hombre es el ser impuro por naturaleza, y donde este esté, la presencia de Dios no puede  manifestarse. Por ello, la impureza humana no radica en el  hombre per sé, sino que su impureza mana de la no presencia de Dios. Sin embargo, como veremos, si bien Dios ha dejado abandonado al hombre en su impureza, este puede posar su benevolencia sobre determinados hombres, estar más o menos “presente”.

El hombre judío de la antigüedad estaba obsesionado por todo tipo de impureza, o lo que es lo mismo, por las  pequeñas o grandes ausencias de Dios. Sin bien el mundo en sí mismo era impuro por “la culpa” del hombre, había sin embargo personas y lugares más impuros que otros y  personas y lugares donde la gracia de Dios estaba más o menos “presente”. El enfermo, el muerto, la mujer en etapa de menstruación, la adultera, el pobre, el caído en desgracia, la prostituta, los gentiles: eran por antonomasia ejemplos de impureza. Por ello, eran importantes y vitales los ritos de purificación ritual. Solo un rito religioso podía purificar a las personas y quitar la impureza que habían contraído. Sin embargo, había ciertos tipos de impureza que no podían borrarse, y en esos casos, la persona debía o bien ser desterrada de la comunidad o bien ser condenada a muerte.

En esa línea, el “perdón” de la “culpa” o “impureza” lo determina el rito religioso y el sacerdote que lo ofrece. Así mismo, lo que es puro o impuro lo determina la ley de Moisés, sus intérpretes, los sacerdotes, y en última instancia, Dios mismo.

Jesús de Nazaret y el perdón de los pecados

Jesús de Nazaret denuncia la concepción judía de culpa basada en la impureza, por considerarla hipócrita y poca compasiva. Para Jesús, la ausencia o presencia de Dios no depende del grado de impureza, exteriormente representada, en la enfermedad, la sangre menstrual, o determinados actos impuros, sino que dependía netamente del grado de pureza interior. Es el mundo interior del hombre lo que Dios ve, y es esta visión de Dios la que exigirá Jesús al hombre respecto a su prójimo.

Por ello, el arquetipo de culpa que introduce Jesús y el perdón que lo borra debe entenderse a la luz de su mensaje de amor y caridad, que es el mensaje de Jesús por antonomasia.

El  mensaje de Jesús representa una ruptura con  las creencias judías de  su época, y debemos considerar un error histórico que las enseñanzas de Jesús hayan sido interpretadas como una continuación de lo ya enseñado por  la Torá y los profetas, y más aún como su cumplimiento, cuando lo cierto es que la vida, enseñanza y muerte de Jesús demuestran lo contrario. No solo el Dios  que enseña  Jesús es diferente, sino que las prácticas religiosas y morales también lo son. Por ello,  si los libros del antiguo testamento  de algo pueden servir, no es más que para apreciar todo aquello que, por su contexto, Jesús hizo frente.

Como ya hemos señalado, el pecado en la cosmovisión judía, no era producto de una acción per sé, sino que el pecado involucraba un estado de impureza que significaba el alejamiento de la gracia de Dios en esa persona, impureza que se propagaba como una peste a todo lo que el impuro tocase. Es por eso, que a las prostitutas, a los enfermos, a los ciegos de nacimiento, a los leprosos, etc., no se los podía tocar, y mucho menos se podía convivir con ellos. Jesús en cambio,  no solo tenía un contacto físico, sino que vivía  el día a día con estas personas consideradas impuras y marginadas y afirmaba no solo que Dios estaba presente entre ellos, sino que los quería como un padre y eran los elegidos de su amor primero.

En esta línea, el perdón de los pecados por parte de Jesús, que tanto escandalizaba a los fariseos y sacerdotes, debe de entenderse en el contexto de la voluntad de Jesús de demostrar que todas estas personas que vivían marginadas por los sacerdotes, fariseos y la sociedad judía en su conjunto , no estaban  alejados de Dios, y que su supuesta “impureza” externa no era importante a sus ojos, y que por el contrario, Dios habitaba con ellos y dentro de ellos, ya que lo único que le importaba a  Dios era la pureza de sus corazones. El perdón de los pecados, en ese sentido, no buscaba  sanar una “culpa”, sino dar un mensaje. Lo que pretendía transmitir, era que la pureza e impureza no depende de cuestiones externas al buen o mal corazón de las personas, al bien o mal que hacen a sus semejantes y prójimos, y al amor sano y sincero que rinden a Dios como un prójimo más. Solamente en ello radica o no la pureza de una persona y por lo tanto es ello lo que determina que tan cerca o alejado esta de Dios de cada uno de nosotros.

En ese sentido, el concepto de “culpa” e “impureza” , que van asociadas, para Jesús, no era otra cosa que un error, y fuente de gran parte del sufrimiento y la maldad que veía a su alrededor. Incluso, denuncio este hecho como una de las causas de la corrupción religiosa que apreciaba en su sociedad. Ello porque si la culpa no proviene de una acción, un estado, una enfermedad o una herencia sino que proviene del propio estado interior, del propio corazón, y de la forma en que este corazón interactúa con otros corazones, la “culpa” relacionada con la “impureza externa” no puede sino representar la hipocresía, la doble moral, y el podrido estado interior de los líderes  fariseos de su sociedad, que tras un manto de pulcritud, escondían sus propias miserias y la reproducían en el resto de la sociedad.

Para Jesús entonces, el arquetipo “culpa” debía ser transformado y dejar de tener la connotación social que representaba.  La culpa debía de dejar de tener relación con una cierta impureza externa, y pasar a formar parte constitutiva de lo que nosotros denominamos hoy en día  “La conciencia moral”, esa pequeña voz que nos permite discernir si estamos encaminados a tener un corazón puro o no.

Así mismo, para Jesús, la pureza de corazón, al pertenecer al mundo interno,  no puede ser “vista”, como se “ve” y distingue a un leproso, a una mujer en menstruación,  a un enfermo, o una adultera al cometer su delito: el lado interior del hombre permanece oculto. Para Jesús, solo Dios sabe y puede ver nuestro interior.

Si bien es posible  apreciar  los efectos de un buen corazón en el trato solidario con los demás, en el cuidado a los enfermos, en la exigencia de justicia a los desposeídos, etc., se debía en lo posible evitar que sean vistos en público. Los efectos visibles de un buen corazón no deben mostrarse de preferencia, ya que con ello se corre el peligro de actuar  bien por orgullo, soberbia, o la esperanza de un reconocimiento, echando por tierra el proceso de conversión. Es en ese contexto en que debe entenderse la  exigencia de Jesús por hacer el bien sin ser visto por los hombres, teniendo únicamente a Dios como testigo. Vemos aquí como la creencia calvinista de las manifestaciones externas, como la riqueza, el bienestar social, el aura de pulcritud, etc, que señalan la posible salvación del individuo pierde consistencia.

Por otro lado,  la culpa, para Jesús, se mide siempre en relación a Dios y al prójimo. El bien al prójimo es la medida de todas las cosas. Por el tipo de trato que se tiene con el prójimo sabemos el estado de nuestro interior, de su pureza, y de su cercanía para con Dios.

El sentimiento de culpa,  es de vital importancia para el mensaje de amor de Jesús, ya que  es solo ella lo único que puede señalar nuestras faltas. Al ser el hombre falible, y al presentar en su naturaleza actitudes y sentimientos insociables: como la envidia, el odio, la violencia, la explotación, el abuso, etc., la necesidad de la culpa es necesaria, ya que es el primer paso en el largo camino hacia la purificación interior, que llega a su término con el perdón de nuestro prójimo. Por ello, el perdón es tan necesario como la culpa. En esta dinámica entre culpa y perdón, podemos apreciar otra dimensión del mensaje de Jesús: El hombre como ser siempre en relación. Las relaciones humanas, están siempre plagadas de peligros que surgen del propio corazón del hombre: Cuando los corazones no son  puros las relaciones humanas tienden a corromperse, ocasionado sufrimiento y miseria. En ese sentido, para  Jesús el mundo no es impuro, injusto, ni malo en sí mismo, como pensaban los judíos de su época, sino que su mal radica  en el mal  que brota del interior del hombre. Para purificar las relaciones humanas, la culpa, el perdón y el amor que los presupone deben ser el modo y fuente de todas las relaciones entre los hombres.

La culpa después de Jesús

La iglesia Católica, que tomo a formar parte del Imperio Romano con Constantino, y las iglesias protestantes, que vinieron con la reforma, al ser parte de las estructuras de poder de los diferentes estados, adquirieron las características que la estructura religiosa Judía y farisea presentaba en  época de Jesús, representando un retroceso humano y religioso respecto a lo alcanzado por las primitivas sociedades cristianas.

Nuevamente, la idea de pureza e impureza impregnó el ideario cristiano, como lo fue antaño en la comunidad  judía, aunque por supuesto con ciertos matices. Al igual que en la religión judía, el hombre se presenta impuro y  alejado de Dios por el pecado original. A esto se suma una culpa y un pecado más: el haber sido el precio de la sangre de Jesús-Dios. Por ambas culpas somos por naturaleza impuros y por lo tanto culpables. Esta culpa no tiene como raíz un estado, sino una acción: Desobedecimos a Dios y cometimos deicidio. Que la fuente de impureza sea una acción y no un estado, trajo nuevas consecuencias. Las buenas acciones se revisten de moralina y adquieren una dimensión ritual. El rito religioso, y no el prójimo, es nuevamente, la medida de todas las cosas.  La culpa y el perdón pierden profundidad, y se convierte en parte de un rito irreflexivo y mágico administrado por los sacerdotes.

Con lo expuesto, los efectos de un buen corazón se toma por su causa y lo oculta: el lado interior del hombre se pierde y la moral se ritualiza. Las buenas o malas acciones son causa de impureza, y estarán determinadas por los mandatos de la iglesia. Solo esta puede decir lo que es correcto lo que es incorrecto, y solo ella a través del sacerdote, puede perdonar o no los pecados, así como los sacerdotes judíos eran los que, con su interpretación de la ley de Moisés, discernían lo puro de lo impuro y mediante el rito religioso, tenían el poder de borrar la impureza de los hombres.

Con el advenimiento de una institución clerical en el cristianismo,  la “culpa” se convierte en una moneda de cambio y en un objeto de mercado. En ese sentido deben entenderse las indulgencias papales, los rezos, los días de gracia etc.

Si Jesús viera las diferentes iglesias que se han levantado en su nombre, movería la cabeza y volvería a comenzar, de cero. Se preocuparía así mismo de la  poca capacidad de sana culpa en esta sociedad como una de las principales causas de su corrupción. Volvería a  predicar, se acercaría a los marginados, se enfrentaría y denunciaría a los conservadores y a los  neo fariseos religiosos que han tomado su nombre para sus injusticias y quizás, solo quizás, moriría nuevamente en una cruz o quizás, esta vez no.

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