AVANCE DEL LIBRO “LOS SUEÑOS DE DIOS” CAP II. SATANAS

Satanás II

Satanás se presentó ante Dios adornado con sus mejores ropas y alhajas. Al contrario de la imagen terrible y horrorosa que comúnmente se tiene del diablo por representar las fuerzas oscuras del alma humana, Satanás en ese tiempo como ahora, era sumamente bello y hermoso, belleza y hermosura que despertaba la envidia incluso de los ángeles más cercanos al Padre. Esto, no debe sorprendernos, ya que los ángeles, así como los humanos y los demonios también, sufren, sienten, desean, envidian, odian, aman y disfrutan de su existencia, pero a diferencia de estos, sus almas están atadas por voluntad propia a un proceso de purificación espiritual cuasi infinito, de tal forma que mientras más avanzan en aquel sendero, van adquiriendo más luz, de aquella luz dorada, señal de su pureza y bienaventuranza.

La luz espiritual, aquella del ámbito divino, no es como la luz mundana. Aquella sirve de moneda de cambio en el basto, intrincado y complejo mercado Divino. Con luz, se paga y se compra, se obtiene y se pierde. Lo antes mencionado no es propio solo de los habitantes del cielo. El mundo demoníaco, también tiene su propio sistema de intercambio, basado no en la luz, sino en la oscuridad espiritual. A mayor oscuridad, más poder, y, a más poder, más cosas que hacer y construir para la divinización de uno mismo.

Como se desprende de lo dicho, la luz y la oscuridad del plano espiritual es diferente en esencia y sustancia al de la luz y oscuridad mundana. Y Como las palabras no pueden desentrañar la naturaleza profunda de las realidades que describimos, es necesario servirnos de analogías e imágenes, que necesariamente nos llevarán, a aparentes contradicciones en el lenguaje. Presentaremos un ejemplo. Afirmaremos que la oscuridad demoníaca es también “luminosa”, y que su luz, en vez de generar vida, como la luz del sol, la de Dios y los ángeles, genera muerte a todo aquello que no sea ella misma. No calienta, sino hiela, no sana, sino mata. Y con todo, sin embargo, no deja de ser luz.

Todo este sistema de intercambio de luz y oscuridad espiritual, tiene sus implicancias ¡Y Que bellas implicancias, que maravillosos tipos de relaciones divinas se deducen de aquel sacro sistema de pago e intercambio y …que bellas historias contaremos a raíz de este maravilloso hecho!

Como veníamos diciendo antes de esta pequeña pero necesaria digresión. Satanás se presentó ante Dios como lo que pretendía ser: el más poderoso ser de la “creación”, rival absoluto de Dios, por poco, su igual. Altivo, con enormes alas de varios metros de longitud, bellamente adornadas con oro y diamantes diminutos, ambos de tal pureza, que al tocar el “sol”, alumbraban el espacio todo a su alrededor; unos ojos purpura y penetrantes, hechos de fuego, astucia y sangre; unos labios rojos, oscuros, y carnosos; y una piel fina y encendida, irradiadora generosa de una oscuridad azulina y esplendorosa, que hipnotizaba. Todos estos elementos, y otros más que el lenguaje humano no puede describir, causaban en el conjunto de su imagen, una hermosura oscura y siniestra. Una criatura realmente admirable para los estándares divinos.

Así, se presentó Satán ante Dios. Y este lo recibió en su trono, rodeado de sus ángeles y querubines, que cantaban y tocaban las melodías divinas con amor y devoción: imponente, majestuoso, sin grandes ropas ni adornos, ya que su propia presencia y entorno mostraban su poder y valía. Todo en Dios, es simple, elegante y esplendoroso.

Ante tal espectáculo, Satán no pudo más que reírse y burlarse en su interior, no solo de Dios, sino sobre todo de aquellos pobres ángeles que le rendían culto. ¿No era mejor ser uno mismo adorado e idolatrado? ¿No era esto de mayor exigencia cuando está en el poder de uno lograrlo, como es el caso de aquellos ángeles sin dignidad y voluntad? Satán, no sentía compasión alguna por esos miserables. No estaban iluminados ni despiertos, y él no estaba dispuesto a despertarlos, si no le proveía aquel esfuerzo algún beneficio. Eones de trabajo sobre sí mismo lo habían hecho duro y despiadado. No, no sentía pena ni compasión por aquellos ángeles. Solo desprecio y repugnancia. Dios era el causante de su degradación. Y Aquellos miserables, en vez de odiarlo, lo amaban.

Dios era, sin embargo, su principal motivo de odio. La causa final de todos sus proyectos, la fuente de toda su maldad. Aquel Dios era exactamente igual que él, incluso, peor, y tenía sin embargo la desfachatez de acusarlo de traición. Dios buscaba poder igual que él, ejercer su voluntad igual que él, ser adorado y temido a igual que él. Solo se diferenciaban en el discurso. Mientras el discurso de Dios se basaba en el “amor”, el “bien” y la “justicia”, todas ellas entidades manadas de su voluntad, su discurso en cambio era mucho más elevado, ya que aquel prometía la divinización de uno mismo, el bien propio a cualquier precio y la voluntad individual como única ley, norma y guía de la existencia.

El suyo era un discurso sincero, directo e incluso, sin quererlo, “bondadoso”, ya que la divinización estaba al alcance de cualquiera que se proponga y tenga la fuerza suficiente para conseguirlo. El busca ser un Dios, pero con ello no cerraba, sino abría, el camino a que cualquiera que lo quisiera y se lo propusiera, lograra lo que él. En cambio, aquel Dios miserable, quería la divinización y exaltación solo para él. Solo él podía ser “El” Dios, nadie más. Solo él debía tener el poder de definir lo bueno y lo malo, lo que se debía y no hacer. Todo esto lo hacía a sus ojos más ruin y despiadado que cualquiera, incluso más ruin y despiadado que él.

No debe por ello sorprendernos el rostro de desagrado y sorna que se dibujó en Satán mientras observaba aquel deplorable espectáculo. Era lo menos que su cara podía expresar con ocasión de aquel fétido entorno y aquellas corruptas presencias.

Satán, molesto y fastidiado, por fin se dignó a hablar. Y lo hizo de una forma poco ortodoxa, buscando adrede el desafío. Su Voz altísima y estridente, acalló sin disimulo la música y cánticos de los querubines y ángeles. Al oírlo, todos, asombrados, dejaron de hacer lo que hacían, y lo observaban con estupor. La voz del demonio, imponente, resonaba en todos los rincones del cielo. Y, sin embargo, a pesar de la fuerza de su voz, no parecía que hiciese esfuerzo alguno, sino más bien, todo lo contrario. Aquel ángel caído, se las ingeniaba para Gritar, sin gritar. Su voz, con su tono, fuerza y sonido, dio gala de un efecto asombroso, digno de su poder.

-Gran señor- dijo Satán a Dios, al son de una forzada e irónica reverencia-he iniciado el asedio a Job y a su vida. Sus campos y construcciones han sido destruidas. Su primogénito ha sido muerto por la tierra, mi esclava, junto a todos sus siervos. Su dolor es ahora inconmensurable. Y a penas los eventos dolorosos de lo que será desde ya su vida comienzan. – en este punto, Satán mira con malicia a su contrincante- Me gustaría saber su apreciación y opinión, así como confirmar su asentimiento a lo que será el negro porvenir de su protegido.

El ardid de Satán fue inteligente y despiadado. Denunciaba a Dios ante sus súbditos. El consentimiento al ataque a la vida de Job, el humano más querido y respetado por los habitantes del cielo, era un hecho que no haría otra cosa que cuestionar el juicio del altísimo.

El Exponer a aquel hombre y su familia inocente a las calamidades y dolores más innombrables, solo para ganar una apuesta, lo haría ver ante los ojos de sus súbitos como una persona superficial, egocéntrica e indiferente al dolor. Y su estrategia pareció funcionar. La noticia creó la confusión entre los ángeles, que no reaccionaron como de costumbre ante la irrespetuosa entrada del Adversario. En otro contexto, Gabriel hubiera desenvainado su espada y lo hubiera enfrentado. Pero esta vez, Gabriel quedo sin movimiento y palabra. Job, el humano más justo, noble y bondadoso, en manos de Satán, y con la venia del señor. ¿Qué estaba pasando?

Dios permaneció calmo ante la irrupción de Satán a sus dominios, observo apacible el estupor de los ángeles y oyó con calma el cuchucheo que se extendía como un incendio a lo largo de todo el cielo. Finalmente, el Gran padre dijo:

-Satán, no exijo de ti la educación ni las maneras que tu alma perdida no puede dar. Solo dime, ¿Job renegó de mí?

Satán quedo en silencio unos segundos midiendo lo que iba a decir. Y como una flecha, dirigida rabiosa a su blanco, respondió.

-No, señor, no renegó de usted…pero lo hará…téngalo por seguro que lo hará, lo acontecido ahora en su en su vida es solo el comienzo. Estoy preparando un ataque mucho mayor, mucho más mortífero. Lo que tengo planeado, logrará no solo que Job reniegue de tu abandono… sino que lo maldecirá, y lo llevará a pronunciar las más atroces blasfemias…

Satán hablaba con rabia, mostrando una intensidad en su voz y en sus gestos poco común, ya que sus encuentros con el altísimo eran por lo general, altamente civilizadas.

– Miren-y tras exhortar a todos los presentes en presenciar lo que tenía preparado, Satán sacó de su propia oscuridad una bola de cristal negra y enorme, que ante la vista de todos se fue tornando luminosa, y de su luz, las desgracias de Job fueron mostrándose a todo el auditorio. Pero eso no es todo. Reveló los planes que tenía.

-Lo que vieron es lo que efectivamente ha pasado. Lo que verán es lo que sucederá, si es que su excelencia me lo permite

Y cuando terminó de hablar, horrores inimaginables comenzaron a sucederse en imágenes una más espantosa que la otra. Todos los hijos de Job, torturados y degollados, las hijas, nueras, sobrinas, y nietas, violadas numerosas veces por todo un ejército de depravados, y tras su calvario, muertas de la peor forma: unas degolladas, otras empaladas, otras descuartizadas vivas, y otras quemadas en hogueras. Y los niños, los pobres niños, cosas terribles e inhumanas fueron destinados para ellos.

-Estas cosas exquisitas y muchas más tengo reservado para TODA La familia Job. Y eso no es todo. Una vez sucedido todo lo visto, le será esto mostrado a Job, detalle por detalle. Te lo aseguro, renegará de ti, del cielo, de su vida y de todos los aquí presentes. – tras decir ello, la bola de cristal se hizo humo, y, Satán agrego.

-Espero, pues su consentimiento… ¿prosigo con lo acordado?

El asombro de los ángeles era inmenso. El clamor de los suspiros, susurros y cuchicheos llegó a su clímax. Gabriel quería llamar al orden, acallar aquellas habladurías, enfrentarse a Satán y expulsarlo de la presencia de Dios, pero un torrente gélido había corroído su voluntad, impidiéndole todo movimiento. Al verse paralizado, Gabriel miro a Dios, esperando de él una respuesta. Pero aquel estaba imperturbable, con la mirada fija en Satán, sin parecer prestar atención a la falta de tino de sus súbditos. Los segundos se hicieron eternos.

Poco a poco, las habladurías se fueron apagando y los susurros acallándose. Tras la tormenta, vino la calma. Todos posaron sus miradas sobre el Altísimo, incrédulos, aun asombrados, pero conscientes de su falta. Dios, al mostrarse imperturbable, llamo la atención con su silencio a cada uno de ellos. Dios había tomado nuevamente el control. Prácticamente sin hacer nada. Y por fin, habló.

-Satán. Su primogénito ha Muerto. Sus tierras han sido arruinadas. Sus riquezas, mermadas. Y no renegó de mí. A demostrado ser un hombre justo, como te dije que lo era. Demostraré ante todos los presentes la entereza de aquel hombre y el amor que tiene a su Dios y sus leyes. Me será fiel hasta el final. Anda pues. Has todo lo que has prometido hacer. Pero no atentes contra su vida.

Satán comprendió la jugada. Aquel miserable quería hacer ver que su decisión de dejarlo actuar respondía a su confianza en los hombres. Era aquello comprensible, toda vez que muchos ángeles recelaban de los humanos, de su entereza, de su gracia, de su capacidad para alcanzar las altas esferas espirituales.

Vio lo que Dios ponía en juego. ¿Había sido una salida desesperada? Dios había salido airoso de la acusación pública, pero para Satán solo había pospuesto su derrota. Sabía ahora lo que debía hacer. Volcaría toda su maldad en Job y su familia, le mostraría el abandono de Dios. Blasfemaría…

Por otro lado, no se creía aquella justificación. No era el amor a los hombres lo que motivaba al altísimo a probar a Job. Más bien vio aquella jugada como una manifestación de su vileza y ruindad. Desde su perspectiva, Dios solo estaba usando a Job para reafirmar su poder. Aquel humano era solo el movimiento de un peón en el marco del gran juego cósmico entablado entre ambos desde el principio del tiempo. Era aquella solo la oportunidad asestarle un duro golpe.

Satán, sacó sus conclusiones. Tras analizar la situación. Asintió.

-Muy bien su señoría. Pondremos a prueba entonces su confianza- y al terminar de hablar, Satán hizo una forzada e irónica reverencia, y presto, alzó el vuelo.

El adversario de Dios era consiente que había perdido esta batalla. Pero se dio cuenta también que podía ganar mucho más de lo que pensaba.

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