AVANCE DEL LIBRO “LOS SUEÑOS DE DIOS ” II(CAPITULOS LISBETH I Y BELZEBU I)

LISBETH I

Lisbeth se dispuso, una vez compartida la mesa del desayuno con sus progenitores, abuelos y hermanos a ir, junto con Thot, al establo a preparar a las ovejas y a los chivos para llevarlos a pastar.

Como aquella mañana Lisbeth se presentó en la mesa más callada de lo normal, y con un rostro que denotaba haber llorado la noche entera, sus padres, antes de verla partir, le consultaron las razones de su descontento. Lisbeth, al ver que había preocupado a sus padres, los miró conmovida. Y a su requerimiento, con voz dulce, respondió.

-No soy infeliz padres míos, tengo todo lo que necesito gracias a ustedes dos. ¿Por qué debería estar triste? Dios nos ha bendecido con salud, trabajo y bienestar, ¿No sería mezquino quejarme? Estoy bien padres míos. No alberguen en sus corazones dudas sobre mi ánimo.

Sus padres, admirados y preocupados, ante la negativa de su hija a contarles lo que le pasaba, decidieron no insistir. La abrazaron, besaron, y bendijeron; y luego, con amor, la despidieron, deseándole un buen día de faena.

Lisbeth, una vez que se vio sola tras haberse despedido de sus padres, liberó las lágrimas que con esfuerzo había contenido ante su familia, y una vez que descargó su tristeza, se encaminó por fin al establo. Al cruzar el pórtico que comunicaba con aquel recinto, encontró en el suelo un objeto dorado y brillante como el sol. Era de un color hermoso y lleno de luz. Lisbeth, quedó deslumbrada por aquel exótico objeto, y contenta con el hallazgo, lo guardo en el pequeño bolso que llevaba siempre a la cintura.

Aquella bolsa, iba siempre con ella, ya que estaba destinada a la recolección de piedras y objetos raros que, de vez en cuando, encontraba en su camino. La pequeña comenzó a recolectar dichos objetos desde los 7 años, cuando una vez encontró una bella piedra roja a los pies de uno de sus chivos. Ese fue el primer objeto coleccionado entre muchos. Poco a poco, la niña encontraba más y más cosas, unas insignificantes para unos ojos que no fueran las de ella, otras realmente hermosas. Un día su padre, al ver el entusiasmo que su hija ponía en encontrar cosas y coleccionarlas, y al ver que aquel era un pasatiempo sano y sin ningún mal, construyó un pequeño mueble de madera para que Lisbeth depositara uno a uno en él sus hallazgos. A aquel mueble se le llamó desde entonces, por todos los de la casa, “El lugar de los tesoros de Lisbeth”.

Tras guardar Lisbeth el objeto en su bolso, se dirigió con Thot, sus chivos y cabras a las montañas aledañas a su establo, pensando en el objeto a penas encontrado hace unos minutos.

Se preguntaba la forma en que aquel objeto habría llegado hasta ahí, ya que necesariamente aquello había pertenecido alguien: un objeto redondo, plano, tallado por ambos lados, no es un producto propio de la naturaleza, sino más bien semejante a los objetos que salen de las manos de los hombres. Al llegar al lugar de destino de trabajo, Lisbeth se sentó en una roca del lugar  a esperar el transcurso de las horas, pensando en aquel objeto deslumbrante. Lo sacó del bolso en donde lo había guardado, y lo tuvo en sus manos, observándolo detenidamente por ambos lados, por varias minutos. Hasta que, de pronto, algo llamó su atención. Era Lid, una chiva pequeña y gorda a la que otro chivo, llamado Doth, quería montar. Lid, en cinta como estaba, no se encontraba dispuesta a aceptar a aquel macho impertinente, y lo rechazaba lanzando patadas al aire con vistas a ahuyentar al intruso.  Tras unos segundos de lucha, las patadas al aire de Lith dieron en el blanco. La chiva propinó una fuerte patada en el hocico a Doth, quien cayó de bruces a sus pies. Lid, al verlo en el suelo, lanzó un fuerte bramido de desafío, y se alejó. Tras un par de minutos adolorido en el suelo, Doth se restableció no sin esfuerzo, y furioso se dirigió hacia donde Lid pastaba, y al verla desprevenida, le propino una fuerte patada en el vientre. La chiva al recibir el golpe, lanzó un fuerte alarido, que despertó a Lisbeth del embrujo en el que se encontraba, ya que todo aquel tiempo quedó como hipnotizada observando el incidente.

La niña corrió a atender a Lid. La encontró recostada en el pasto, dando fuertes balidos de dolor. Quedó absorta unos segundos, no entendiendo todo lo que había pasado y no sabiendo qué hacer.

Y se le presentó de pronto un cuadro horroroso.

Observó que, de la parte trasera del animal, brotaba presurosa una sangre negra, espesa y espumosa, y, en medio de toda aquella sangre, un pequeño feto horroroso y deforme que la observaba amenazante. En medio de toda aquella vorágine, los recuerdos de los momentos de agonía, se agolparon cual torrente en su mente. La sangre de la chiva agonizante, se le figuró semejante a la sangre manada de sus sueños la noche anterior. Y aquel feto deforme y horroroso,  el presagio de los tiempos tormentosos que se gestaron  la noche anterior en su alma.

Lisbeth, conmocionada y desbordada, se arrodillo a los pies de la chiva, llorosa, y abatida, a orar a Dios, el “Misericordioso” …

BELCEBU I

 Belcebú, tras unas horas de vuelo, llegó a la alcoba de Lisbeth. Era de noche. Ella dormía plácidamente en su cama de paja. Al lado de ella, se encontraba su perro Thot, que, contrariando la sabiduría popular, no sintió el espíritu del demonio que se cernía sobre la habitación, sino que, por el contrario, soñaba con el sol del día anterior.

Belcebú quedose observando a la muchachá extasiado unos minutos, viéndola moverse armoniosa entre sus frazadas, observando detenidamente sus facciones y expresiones mientras dormía. Luego, decidido, puso su mano en la frente d. Al hacerlo, entró impune en sus sueños y recuerdos. La Vio de niña junto a su padre, en las montañas, quien le enseñaba la manera de hacer pastar a los animales, así como la forma en que debía de ordeñar la leche de las cabras, los chivos y de la vieja vaca que la familia poseía en aquel entonces. Observó, como su padre, le instruía en el arte de la elaboración de quesos, mantequillas y diferentes productos lácteos, así como la forma de comerciar con ellos, de negociar con los compradores de diferentes temperamentos, procedencia y condición, adentrándose así a los conocimientos profundos y a la vez simples de la psicología humana.  Observó, también, cómo el ganadero instruía a su hija en economía y finanzas, enseñándole el valor de intercambio de cada uno de los productos. Belcebú, confirmó con ello que el trueque era la única forma de comercio aceptada. En un lugar tan alejado de las grandes urbes, ciudades e imperios, no existían monedas de oro, de plata o ni de cobre. La gente de la comarca intercambiaba sus productos entre sí, y todos tenían lo que necesitaban, gracias a una tacita división de trabajo al interior de la comunidad, que era estable y duraba desde generaciones. Constató a su vez que, en la comarca, predominaba una fuerte organización tribal, con una asamblea de ancianos y un sacerdote, que era el único que sabía leer y escribir, y que conocía algo del mundo, conocimiento que guardaba para sí, y que le servía tanto para resolver los problemas presentes en la comunidad, como para evitar la infiltración de conocimientos dañinos procedentes del exterior. El sacerdote pues, cumplía el rol de muralla moral de la comunidad, concebida para ser el muro más importante de todos, incluso de los hechos de piedra y caña. Se enteró así mismo que el sacerdote era a su vez, el tesorero de la comarca. Él era el encargado de recolectar el diezmo destinado a la iglesia que administraba, a las iglesias centrales, y a través de ellas, al imperio universal. Nadie más estaba autorizado a tener contactos con las personas del imperio, solo los sacerdotes.

Y se enteró algo de la vida del sacerdote. Se enteró, por ejemplo, que su nombre era Emalec, y que tenía un hijo, quien estaba destinado a la formación, trabajo y función encomendaba al padre. Y mientras se enfocaba en el joven, Belcebú, para su deleite, detectó que los sueños de Lisbeth estaban impregnados del astral de aquel muchacho.  Aquel era un éter tenue, oscuro, escondido, cándido, sumamente bello y de un rojo muy sutil.

Tras horas de búsqueda, Belcebú, obtuvo lo que necesitaba. El viaje por la mente y sueños de Lisbeth había sido de provecho. Se dispuso entonces a salir de la mente de la muchacha, pero antes, quiso realizar algo maquiavélico, malvado, ruin, muy acorde a su personalidad, que cumpliría un papel crucial en el plan que su mente enferma pero lúcida estaba ya maquinando. Decidió modificar el astral del hijo del sacerdote que habitaba en la mente de la muchacha. Lo intensificó, lo enrojeció aún más, le dio una forma definida y horrorosamente lasciva. Transfiguró aquel astral, y de estar compuesto de inocencia y candidez la hizo de demencia, obsesión y depravación. Mientras lo hacía, Lisbeth comenzaba a tener sensaciones nunca antes vividas. Sintió en sueños una sangre que como fuego brotaba y se extendía de su pecho a su cabeza, y que luego, bajaba tormentoso hacia su sexo, estimulandolo, excitándolo, mojándolo, y lubricándolo.  

Lisbeth despertó sudorosa, desconcertada, excitada, ensangrentada y enloquecida, con la mente y los deseos de su cuerpo todo, puestos en el hijo del sacerdote.

                                                            

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